Día de Andalucía

Se acerca la fecha de celebrar el día de la Comunidad Autónoma de Andalucía. Y uno lee artículos como este de La Vanguardia, que dice algunas verdades pero en otros casos no se entera de nada. Entre las verdades, cuando cita a un andaluz que dice que Andalucía no es la Junta. Efectivamente, de la misma forma que Europa no es la Comisión Europea ni España el Gobierno de Rajoy. Una obviedad que hay que repetir, para que dejen de igualar una cosa y la otra. Dentro y fuera.

Pero no se entera de nada La Vanguardia cuando habla de que el PSOE de Andalucía es el único partido que abandera el andalucismo. El andalucismo está impregnado en mucho más que el PSOE. En el extinto PA del que quedan sus concejales, en Izquierda Unida, en el Sindicato Andaluz de Trabajadores, en la vertiente andaluza de Podemos (Andalucía desde abajo, andamos) y también en la sociedad civil. Cuestión aparte es el eco mediático que tenga un andaluz que no sea Susana Díaz más allá de Despeñaperros.

Y no, el andalucismo no ha sido nunca, y tampoco lo es ahora, excluyente. El andalucismo que se manifestó masivamente un 4 de diciembre no lo hizo para hacer de menos a Cataluña, País Vasco y Galicia, aunque muchos lo quieran interpretar así. Y sí, Andalucía pide lo mismo que piden otras autonomías porque puede y porque quiere decidir su propio destino, sin que otros lo decidan por ella. Porque lo que se pidió un 4 de diciembre y se votó un 28 de Febrero era precisamente eso: si Andalucía iba a tener el mismo techo competencial que otras autonomías. Y los andaluces entendieron que si no se accedía al máximo techo competencial, corríamos el riesgo de no poder decidir nuestro futuro. De no poder ser autónomos, por ejemplo, para tener un debate propio y separado del debate nacional sobre los problemas que atañen a Andalucía (cosa que el PSOE de Andalucía sólo ha permitido que se haga después de la retirada de Manuel Chaves). Y esa voluntad de ser autónomos todavía no la han superado algunos que permanentemente nos dan lecciones desde fuera de Andalucía, sin conocer la realidad y la historia andaluza, sobre lo que tendríamos que votar o dejar de votar. Y ya está bien. Los andaluces votamos lo que nos parece lo mejor para Andalucía, y nos equivocaremos o no, pero lo decidimos nosotros y para nosotros.

Lo que sí es excluyente es querer ser no igual, sino más que otros. Definir nuestra identidad en la negación de otras identidades más que en el entendimiento de la identidad propia. El que pide igualdad, ese está dando en el clavo. Hay un matiz muy esclarecedor entre pedir más soberanía que Murcia o Canarias y pedir tanta soberanía como Portugal o California. Y sí, estoy hablando ahora de Cataluña. Durante mucho tiempo he escuchado amargas quejas sobre el café para todos como si lo importante fuese ser más autónomos que Aragón o Baleares, pero sólo recientemente he empezado a escuchar que Cataluña debe convertirse en un estado más de la UE. Ahora sí, ese es el matiz del que hablaba. Es su derecho querer aspirar a ser otra cosa, pero precisamente porque piden ser soberanos no pueden hacerlo a costa de mantener un hecho diferencial (que no sé en qué consiste) con el resto de los pueblos de España. Porque el mismo derecho tienen todos a ser un Estado si así lo sienten. Y nadie puede decirle a los demás como deben sentirse.

En el fondo, eso es lo que significó el 4 de diciembre. Se logró que en España hubiera café para todos. Y que cada uno se lo tomara como quisiera, si es que quería tomárselo. Pero de entrada, nadie puede decir que el café es sólo para unos pocos. Así que el 28 de Febrero, no olvidemos el 4 de diciembre. Pidamos paz y esperanza, por Andalucía libre, los pueblos y la Humanidad.

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Religión y respeto

Empiezo esta entrada con una aclaración: desde que tengo memoria he sido poco o nada religioso, no creo que nadie que me conozca pueda acusarme jamás de defender los privilegios de la religión (que tenga el apellido que tenga, se basan en conceptos que ni comprendo ni comparto). Mi postura con la religión se resume bastante en “tú no mandas en mí, no te metas en mi vida”.

A la religión hay que gritarle fuerte (para que le quede claro) que tú no mandas en mí. No es aceptable que políticos, candidatos, jueces o cualquier figura pública invoquen algún libro sagrado para justificar/promover una postura política o de justicia. Porque nadie me puede obligar a mí a creer lo mismo que tú, así que no puedes usar tus creencias para justificar nada. Porque tú eres libre de creer en lo que quieras, pero yo soy igualmente libre de creer justo lo contrario. Porque la religión, basada en la fe, es por definición imposible de justificar. ¿Por qué el dios cristiano es uno y trino? Es un dogma de fe. ¿Por qué el dios musulmán es grande y Mahoma su profeta? Porque sí. Y punto, no hay más discusión. Por eso, porque la religión no justifica (ni falta que le importa) sus dogmas, uno puede tener una religión cuyos dogmas son exactamente los contrarios a los de alguna otra religión.

Y como somos todos iguales y tenemos las mismas libertades, hay que respetar a todas las religiones de la misma forma. Uno no debería ir a meterse en casa ajena a decirle que lo que están haciendo está mal de acuerdo a su religión. Ni los ateos deberíamos ir a interrumpir a nadie que está practicando su religión en su lugar de culto a decirles que según nuestra (ausencia de) fe están equivocados. No, nosotros tampoco mandamos en ellos. Yo pienso que están equivocados, pero tengo que respetar su derecho a equivocarse.

Ahora bien, no nos debe pasar desapercibido que para poder respetar la religión tengo que poder diferenciarla. Si estoy rodeado de religión en el colegio, cuando tomo posesión de un cargo como ministro o en plena calle… se hace difícil respetar a esa religión, porque ese espacio es de todos y una religión que se lo apropie está posiblemente incumpliendo y atacando alguna otra religión (aún de forma inconsciente). Por tanto, la única solución que garantiza el respeto de todos es que la religión quede limitada al ámbito privado. Eso era lo que quería denunciar Rita Maestre, pero se equivocó al hacerlo dentro del lugar de culto (donde a pesar de ser una institución pública, los asistentes tenían una expectativa razonable de privacidad). Podría haberlo hecho fuera, justo en la puerta, pero no dentro… porque eso intimida y conculca derechos de ciudadanía básicos.

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Esta Unión Europea

Esta Unión Europea que permite y fomenta la competencia fiscal entre territorios; que ha forzado cambios de gobierno para combatir el déficit pero no para luchar contra la discriminación, la homofobia o la violencia de género; que ahora se plantea dejar de creer en la libre circulación de los europeos para convencer a los británicos de que se queden, como si no fueran soberanos para irse si realmente lo quieren; que le da dinero a Turquía para que los refugiados sirios no nos inoportunen a los europeos… Esta Unión Europea no es en la que yo creía, la que yo esperaba que llegara en algún momento. La que garantizara soberanía de los pueblos, e iguales derechos para sus ciudadanos. La que dejara atrás la nacionalidad a la hora de integrar a las personas. La que fuera ejemplo democrático mundial. La Europa ilustrada y humanista, o nunca existió y nos engañaron, o la están matando cada día.

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Violencia patriarcal

Todavía recuerdo los ríos de tinta que defendían, allá por 2004, que Zapatero se había equivocado al ponerle nombre a la Ley Integral contra la Violencia de Género. Porque eso del género era importado del inglés, que en español género sólo tienen las palabras y no las personas, que tienen sexo. Las ilustres mentes que defendían esta postura, con el inefable académico Pérez-Reverte a la cabeza, se olvidaban del colectivo trans*, por ejemplo. Personas que nos han hecho comprender que sexo y género no siempre coinciden.

Pero no es eso de lo que quiero hablar hoy. Porque, aunque en 2004 la LIVG me pareció un enorme avance, hoy creo que es verdad que el nombre está mal escogido. A la luz de los asesinatos, las agresiones e insultos con los que nos seguimos desayunando prácticamente a diario 12 años después, el avance de aquella ley se me antoja pequeño comparado con la gravedad de la situación. Tenemos a hombres que matan a mujeres. Tenemos hombres que agreden e insultan a hombres y mujeres homosexuales o trans*. Sin motivos ni provocaciones, salvo la identidad de género o la orientación sexual de las víctimas. Por algún motivo hay demasiados hombres que no pueden permitirse ceder espacio o poder ante los que no son como ellos. Hombres que se sienten agredidos porque dos hombres ocupen el espacio público dándose la mano y demostrándose cariño. Hombres que se sienten agredidos si una mujer los rechaza, salvo que sea porque ya tiene novio o marido (porque entre machos sí hay respeto, pero las lesbianas es que no saben lo que se están perdiendo). Hombres que no son capaces de aceptar a una mujer como su jefa. Y así podríamos seguir mucho tiempo. Cualquier sombra de duda que se arroje sobre el poder ostentado por hombres cis-heterosexuales es vista como una agresión por el patriarcado. Y el patriarcado responde insultando, menospreciando, agrediendo o matando… a través de esos hombres.

Afortunadamente, la mayoría de los hombres no matan ni agreden en nombre del patriarcado. El insulto y el menosprecio, por parecer menos grave, es más común, de forma que son muchos más los hombres que insultan y menosprecian en nombre del patriarcado. Pero sigue existiendo ese hilo conductor que une todas estas formas de violencia física, verbal y psicológica: son una respuesta ante lo que desestabiliza el ideal del patriarcado: la esfera pública es del hombre y la privada de la mujer; el hombre provee y la mujer cuida; el hombre es fuerte y la mujer débil; el hombre es responsable y la mujer es poco reflexiva (salvo que sea una mujer mala, que es fría y calculadora); la homosexualidad es antinatural porque no casa en esa forma binaria de ver el mundo: «¿y de vosotros, quién es el hombre?»; una lesbiana es una mujer que está quitándole a un hombre lo que por derecho es suyo…

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Ciudadanía y democracia directa

Andan los suizos ahora con una polémica entre manos. El partido ultraderechista y abiertamente xenófobo que consigue invariablemente entre el 20 y el 30% de los votos en cada elección (SVP/UDC) ha propuesto una iniciativa legislativa popular para incorporar una enmienda constitucional cuya idea básica es que si determinados delitos son por extranjeros, esto supondrá su expulsión directa del país sin que los jueces puedan dictar otra sentencia. No sólo se trata de delitos graves, también en el caso de reincidencia en delitos leves en un plazo de 10 años. ¿Y cómo hacen campaña? Pues con la famosa imagen de las ovejitas que ya venían usando desde hace tiempo.

Imagen de la campaña para la expulsión de los extranjeros criminales
¿Racismo? ¿Xenofobia? ¿Dónde?

Este panfleto xenófobo lo he recibido yo en mi buzón, casi ná. Esto da para reflexionar sobre muchas cosas. Vamos a ello.

Un código penal para extranjeros

La medida, disfrazada de lo que quieran, consiste en crear un código penal específico para extranjeros. Un maltratador que mata a su esposa, resulta que es mucho más tolerable para la sociedad suiza si tiene pasaporte suizo. Como si el delito fuera menos grave. A uno le da la impresión de que ante un mismo delito, cabría esperar la misma pena. No cabe en la cabeza que ser extranjero sea, en modo alguno, un agravante. ¿Por qué es peor que me atropelle un francés, un belga, un español que que me atropelle un suizo? ¿Dónde está la diferencia si me quedo igualmente atropellado? ¿Los suizos atropellan mejor? Como verán esto no tiene sentido, pero es posible e incluso probable que se apruebe gracias a la democracia directa tan querida por algunos.

Democracia oligárquica

La democracia directa es una trampa en casos como estos. Porque los extranjeros, que somos el objeto de esta medida, no tenemos derecho a decir ni decidir nada. Así, de entrada, a un suizo no le afecta que a los extranjeros nos expulsen, nos encarcelen,… o nos ahorquen. Porque ellos no van a sufrir ni expulsiones, ni encarcelamientos ni horcas. Ellos están legislando no para sí mismos, sino para los demás. ¡Y ni siquiera tienen que argumentar o razonar su voto! Pueden decidir su voto tirando un franco al aire. Así que los extranjeros, hurtados del derecho a expresarnos, quedamos a expensas de que nuestros vecinos piensen que merece la pena acercarse a votar por nuestros derechos. Quedamos a expensas de que esto le parezca una injusticia tan grande que acaben movilizándose en nuestro favor. ¿Es esto en lo que consiste la democracia? Si la sociedad suiza tiene una tercera parte de extranjeros a los que les niega el acceso a su democracia directa. ¿Podemos seguir llamándola democracia? ¿No estaríamos ante algún tipo de oligarquía de  base amplia?

Generalización

Este es el caso suizo, con el que convivo a diario. Pero no soy tan estúpido para pensar que los suizos son deleznables por tener este sistema y por permitir estas votaciones. Si nos atenemos a los datos, debo estar muy agradecido de que este tipo de medidas no salgan adelante con un 80% de los votos. Normalmente se rechazan, o se aprueban por muy poco margen. Personas cuyas vidas no van a verse afectadas por medidas hechas para extranjeros se toman la molestia de votar y defender mis derechos. Imaginemos qué resultados obtendríamos en España en estos casos. No hay que imaginar mucho, tenemos ejemplos más que suficientes de cómo tratamos a moros, negros y rumanos. ¿Alguien se molestaría en defender sus derechos? ¡Pero si no queremos ni cederles suelo para uso religioso! Por eso, creo que ya va siendo la hora de que actualicemos el concepto de democracia para incluir como ciudadanos también a los extranjeros que viven con nosotros, que trabajan con nosotros y que pagan los mismos impuestos que nosotros.

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